¿Puedes ser trabajador en la empresa de la que eres socio?

imagen-post-j-a-fdez

                ¡Hola Lectores! Seguramente la mayoría ya habréis intuido que, obviamente, sí… pero no perdáis atención hacia lo que os cuento hoy, pues la cuestión va más allá de la mera posibilidad de que concurran ambas condiciones.

            Puede resultar preciso determinar si se es o no trabajador por cuenta ajena de la misma sociedad de la que se es propietario de una parte del capital social, a efectos de una posible futura reclamación de este “peculiar” trabajador a la empresa, o el derecho a percibir una prestación, entre otras cuestiones. Es decir, debemos saber si esa relación tiene carácter laboral, o por el contrario, mercantil.

            Según se desprende del artículo 1.1 del Estatuto de los Trabajadores existirá relación laboral cuando se preste un determinado servicio retribuido de manera voluntaria por cuenta ajena y bajo la organización y dirección de otra persona, en este caso jurídica. Ésta es la primera y principal premisa para diferenciarlas, sin embargo debemos hacer varias matizaciones.

            Como vemos, dos son las caracterizaciones principales de una relación laboral: la Ajenidad y la Dependencia.

            Pero… ¿puede existir ajenidad si el mismo trabajador participa del capital social de la empresa? Pues bien, las personas jurídicas, como las sociedades de capital, tienen reconocida por nuestro ordenamiento jurídico una personalidad propia, plenamente diferenciada de la de sus socios. Por esta razón, se puede prestar un servicio por cuenta de esta persona jurídica, y no por cuenta de aquellos. De manera que, este socio no prestaría servicios para sí mismo, sino para su sociedad.

            No obstante, se ha de observar el régimen de prestación de ese servicio, pues no es infrecuente que, junto a la obligación de aportar bienes para la constitución del capital social, también se establezca en la escritura de constitución de la sociedad o en sus estatutos sociales la obligación de prestar determinados servicios para la empresa. Se conocen como prestaciones accesorias, y habrá que determinar que el trabajo realizado no lo sea en calidad de éstas.

            El otro criterio a tener en cuenta, como hemos dicho, es la dependencia. Vale que la sociedad tenga reconocida personalidad propia y se considere un ser independiente y diferente a sus socios, pero al final, son los socios quienes determinan la voluntad de la sociedad, ¿o para qué existen las Juntas de socios?

            Claro que son éstos quienes de una forma u otra finalmente determinan esa voluntad, pero puede ser que entre ellos existan discrepancias a la hora de formar ese deseo. Será entonces cuando, siendo claros y concisos, “mande el que más tenga”: Aquel socio que ostente en su haber un mayor número de acciones o participaciones será quien, dado el caso, decida qué es lo que quiere la sociedad (no obstante, existen determinadas excepciones previstas por la jurisprudencia; por lo que habrá de atenderse al caso concreto).

            Aquí, para apreciar la dependencia del socio al prestar el servicio para su empresa habrá de atenderse al número de participaciones u acciones que éste posea, pues si en total su participación no alcanza el 50% del capital social quedará reconocida esa dependencia; no puede decirse que existe independencia si no existe un pleno control del trabajo que se realiza. Al menos, así lo ha dispuesto el propio Tribunal Supremo en numerosas ocasiones.

            Y además de todo esto, ha de tratarse de un trabajo retribuido. Este matiz puede resultar más peliagudo de determinar, puesto que al ser socio de la empresa, éste participará de los beneficios de ésta. Ha de probarse, pues, que la retribución recibida por parte de la sociedad responde al trabajo realizado con ajenidad y de manera dependiente, y no que corresponda a esa asignación derivada de la parte aportada como capital.

            Por último cabe decir que, aunque pensemos que concurren estos tres criterios: ajenidad, dependencia y retribución distinta de la participación en beneficios sociales, existen determinadas labores que quedan plenamente excluidas de ser calificadas de laborales. A nuestro interés y para este artículo, teniendo la condición de socio, hay que hacer mención de la figura del Administrador Social; el art. 1.3.c) del Estatuto de los Trabajadores excluye directamente aquellas actividades que se limiten, pura y simplemente, al mero desempeño del cargo de consejero delegado o de administrador, del tipo que sea, de una sociedad. La relación, por tanto, entre una persona que reúna de cualquier manera la condición de órgano de administración y la propia sociedad será, a todos los efectos, mercantil; nunca laboral.

            Y, como detalle concluyente de este post, que todo lector interesado en lo que aquí se dice ha de tener en cuenta, si junto a la pertenencia al órgano de administración de la sociedad se tiene además la condición de personal de alta dirección, no se ha de pensar que existe una relación laboral independiente de la mercantil del socio administrador con la empresa. Claro ha sido en este asunto el Tribunal Supremo que, a lo que se ha denominado doctrina del doble vínculo, concluye que son labores tan similares y próximas que la condición de personal de alta dirección (relación laboral de carácter especial, previsto así expresamente por el Estatuto de los Trabajadores) debe ser absorbida por la de Administrador o Delegado Consejero, teniendo únicamente carácter mercantil.

            Estos son los criterios que deberemos de tener en cuenta siempre que nos cuestionemos si la relación con nuestra empresa es tan clara como creíamos. Recordad: ajenidad, dependencia, trabajo retribuido y no pertenecer al órgano de administración, y seremos socio trabajador por cuenta ajena.

            Hasta aquí mi primer post en este blog, Lectores. ¡Espero haber captado vuestra atención por unos minutos!

By José Ángel Fernández

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *